Paraíso 1: Supermercado del hágalo ud. mismo. Un comprador presenta en caja un cupón que le dieron en premio a otra compra anterior que indica un “15% de descuento” en letra de dos centímetros. Vacía su carro entusiasmado pero el 15% del supermercado es bastante menos que el 15% de lo comprado. Se interrumpe la cola y se convoca al supervisor que está acostumbrado a enumerar las exclusiones de descuentos y cupones. Que casi nunca coinciden con las cosas que uno necesita comprar. [Nota completa en Hipercrítico]
Paraíso 2: Cadena internacional de comercio minorista. Ropa, menaje, decoración, muebles, electrodomésticos. Quince mil metros cuadrados de consumo atorados en unas pocas cajas atendidas por sufridas criaturas que deben cobrar, empacar y atender el fastidio de quienes tardan en pagar el triple de lo que les llevó elegir la compra. Una caja promete “Prioridad electrodomésticos”, pero como había una sola niña atendiendo a las compras enchufables, en la práctica se convertía en “Demora electrodomésticos”. Gracias al ingenioso sistema el que había comprado un peluche pagaba prontamente su compra mientras los “prioritarios” que iban a gastar una fortuna en una heladera o un plasma, formaban una fila peor atendida que la de los jubilados, que en algunos bancos por lo menos tienen asiento.
Paraíso 3: Mega mercado recientemente inaugurado. Metros y metros destinados a las marcas topísimas. Pantallas, vidrieras, trapos incansables que mantienen los pisos inmaculados. Cocheras interminables, con un sistema de alertas lumínicas para encontrar rápidamente el lugar vacío. Todo bien hasta que querés abandonar el paraíso. Los 2.500 autos deben pagar el ticket a un único cajero de la única caja habilitada un sábado de enero a la tarde, que pone la cara por la corporación a la furia de los paseantes, nerviosos porque cada minuto de la interminable espera se le factura en concepto de estacionamiento.
Paraíso 4: Barrio dedicado a los materiales de la construcción en el oeste porteño. Cualquier compra en la zona, aunque se trate de una canilla, no baja de tres dígitos. Los grandes locales admiten todos los medios electrónicos pero son caros y tienen los males que enumeramos. Los negocios que ofrecen precios convenientes y atención campechana no aceptan pago electrónico de ningún tipo. Ni un cajero en veinte cuadras a la redonda, y si lo hubiera, el límite de extracción no alcanzaría más que para una parte de la compra. ¿Quién era que había dicho que “en este país es difícil estar en blanco”?
Asombrosamente las cifras muestran que el consumo crece a pesar de que el consumidor argentino es sistemáticamente maltratado en su obstinada costumbre de comprar. O de pagar, que en Argentina no es nada fácil. Requiere:
· Colas, esperas, amasijos, comisiones leoninas;
· Identificaciones molestas: ni el negocio más piojoso admite la tarjeta si no presentás un documento con validez nacional y si no completás el cupón con más datos que los que te piden en una entrada a la comisaría;
· Liberar tu dinero del virtual corralito en el que lo tienen los bancos: si lo sacás por sucursal, los bancos te penalizan con cargos extras. Para sacarlo por cajero, primero tenés que encontrar uno de tu banco, para que no te cobren fortunas por la extracción de tu propio dinero, y en el milagroso caso de que funcione, que lo que te permita sacar te alcance para pagar algo.
Hasta la compra de un boleto ha transformado al viajante en un especialista en numismática obligado a coleccionar monedas y monedas para que se le conceda el premio de viajar en colectivo. Si la compra tiene tan poca colaboración de los comerciantes beneficiados en las transacciones, qué clemencia podremos esperar para los reclamos, devoluciones y cambios. Si así se trata a los que tienen un manguito para gastar, qué harán con los que tienen que pedir prestado. Si este es el paraíso, “el infierno está encantador”…


A tu listado de paraísos me gustaría sumarle los bares de Palermo, que por $18 te traen una cerveza caliente; por suerte entendí que tengo que hacer para refrescarme: pedir un café ($8 una bicoca) que siempre viene frio. ¿Será el cambio climático?
Martin
Helou.
Creo que hay que estar atentos a estas costumbres instaladas de ir a esos lugares tan mentados y publicitados. Son, por lo general, un engaña-pichanga. Por ejemplo: una bicicleta fija (averigüen por gusto) se la ofrecieron en un super-super a mi esposa como ganga ¡ya! ¡Ahora! ¡Que se va la promoción! En la módica suma de $2800; como mi esposa se iba gritando “me roban” “me roban”, el vendedor ajusto levemente el precio a… $ 1950. Je… esto es una joda. Lo peor es que la encontré en una página de la web de esas que nuclea a todos los vendedores, a $1450. Lo mismo con una Play 3 (mercado explotador de menores a $3650, en la web 2450 completa), con un LCD serie 5 ($1100 de diferencia). Aclaro que a lo largo del año… soy un laburante.
Leo y escucho que el lomo está $75 ¿Dónde compran? ¿En Tokio? Caminen que baja el colesterol; acá en el barrio no llega a los 40. Aprovechen los frigoríficos en mataderos con venta al público y ni hablar del Mercado Central, pero ahí el que va a comprar debe saber de carne o le venden un tatú carreta.
El aprovechador precisa de un aprovechante. No digo no valerse de los descuentos de planes de tarjetas, pero por favor estar atentos a los curros de los super-super y saquen la cuenta que 30 cuotitas de 35 más 6 de 115, más 6 de 50… ¡Ojo!
No hay pescado más tonto que el que se pesca con carnada usada.
Saludos
PD. Y pensar que en acuerdo de Olivos se solapo la instalación del consumidor como figura reemplazante de la del ciudadano bajo el manto de la reeleción. ¿Cual será el próximo paso….?
¡Es cierto! Me había olvidado de lo carísimo del Hollywood porteño. ¿A qué no saben a cuánto está la ensalada (dígase “mezclum de verdes”) por esa zona? Cuestan como el lomo barato que nos recomienda Daniel.