El espacio La tecla eñe pidió a varias personas un recuerdo sobre la crisis 2001. A mí se me vino el tema de los medios, tal como pasaba en ese momento, no en la memoria que tramposamente a veces se construye hoy. Y esta es la columna:

El recuerdo de una situación personal me sirve de referencia cuando cierto relato de la historia reciente de los medios hace confundir un poco las secuencias de sucesos. Cosa que les pasa a los que descubrieron el tema de los medios hace poco y suelen omitir que ya era una preocupación de unos cuantos hace diez años atrás. Esos mismos días urgentes de diciembre de 2001 se inauguraba la primera cohorte del doctorado en Ciencias Sociales de Flacso con una reunión con los colegas admitidos. Hice el primer año en 2002, con los ahorros congelados y sin trabajo fijo. Pero lo más difícil de esa época fue pelear contra la incomprensión de mi proyecto de tesis para muchos sociólogos y comunicadores para quienes investigar los diarios y la producción de noticias era un tema menor. Lo curioso es que muchos son los mismos que por estos días abrazan la causa mediática con un fervor que les hace olvidar el trabajo de los investigadores que durante la crisis se ocuparon de registrar los datos que son argumento de muchas reformas legales.

Para los que teníamos curiosidad por los problemas estructurales del sistema de medios argentino, los sucesos que parecen novedad estos últimos años ya eran parte de nuestras preocupaciones entonces. En ese momento, la mayoría de los comunicadores transitaban los estudios culturales y militaban por esas líneas de estudio tanto como desatendían los marcos teóricos que hacen posible el estudio sistemático de los medios y sus efectos en la opinión pública. En los talleres del doctorado la mayoría incluso se mofaba del hecho de que en mi bibliografía estuvieran los libros de Julio Ramos, de Pablo Llonto, o las encuestas de la situación de los periodistas que se habían hecho en los noventa, que a mí me parecían imprescindibles como testimonios de una época. Sin embargo, que algunos miraran para otro lado entonces no desmentía que al inicio de este siglo eran varios los que habían empezado a discutir la complejidad del sistema de medios, como Becerra y Mastrini; a detectar los problemas de los oligopolios con casos como el fracaso de los diarios gratuitos en Argentina (una excepción en el mundo); o a sistematizar las consecuencias nefastas que iba a traer la concentración de las fuentes de información o el exceso de publicidad en las campañas electorales y gubernamentales. En 1999 nos escandalizó la campaña de la Alianza, que había gastado lo que en ese momento parecía una fortuna sideral. Diez años después, la cifra es lo que en 2011 se gastó en una semana de publicidad oficial, dinero que como entonces sigue beneficiando a la industria publicitaria y mediática.

Los que hoy dicen que no se hablaban de esas cosas ni se replanteaba el lugar del periodismo, seguramente se perdieron encuentros como el de “Autoexamen de la prensa” que a fines del siglo pasado reunió a los Defensores de lectores de los diarios “El tiempo” de Colombia y “El País” de España, junto con varios especialistas de Latinoamérica y periodistas de Argentina. Tampoco se enteraron que ahí mismo, en los coletazos de la crisis, el centro Cultural Rojas organizó un ciclo de charlas, bajo el impulso de María Moreno y Osvaldo Tcherkaski, que se llamó “Información, ¿se puede saber lo que pasa?”, que quedaron registradas en un libro homónimo. Claro que ambas actividades estaban apoyadas por universidades privadas y fundaciones extranjeras, y es posible que eso haya hecho que se miraran con la misma suspicacia que mi bibliografía. Pero lo cierto es que el ciclo del Rojas fue cerrado por Tomás Eloy Martínez, que a su vez había sido honrosamente antecedido en jornadas previas por periodistas del país que criticaron abiertamente lo que hoy algunos dicen que era intocable. De la misma manera ya a inicios del siglo la iniciativa de Diario sobre diarios hacía lectura crítica de los matutinos cada mañana, y desde 2002 se puso a disposición de todos los que quisieran leerlo vía web. Este observatorio de medios fue pionero también en ocuparse en su “Zona Dura” de temas como las ventas de los diarios o el juicio por la identidad de los hijos de Noble. La crisis motivó aportes muy valiosos.

Porque 2001 también fue el año de la crisis de los medios, cuyos coletazos hoy son tan evidentes. En ese momento se hizo patente que la ciudadanía no reaccionaba a partir de lo que leía en los medios, más preocupados por lo que pasaba hacia arriba que por lo que se gestaba abajo. La opinión pública, en los casos que fue consultada con estudios sistemáticos, manifestaba su malestar con el periodismo: en ese momento dio claras señales de que el idilio que tuvieron hacia mitad de la última década del siglo XX estaba terminado. También para el 2001 Clarín ya había registrado la peor caída de ventas de su historia y la ciudadanía había mostrado mejor criterio en la elección de la programación televisiva que los propios productores (para esa época había nacido la televisión realidad que se convirtió en el fenómeno mediático de la década y brindó más fuentes de trabajo que la alicaída ficción). Fue por esa época que ya estaba planteada la transformación tecnológica que hoy está consolidada. También para 2001 ya había un gobierno que había hecho de la propaganda su principal capital y ya por entonces hubimos de comprobar tristemente que la imagen pública era más volátil aun que los capitales extranjeros.

No dejo de recordar, cada vez que trato de recuperar lo que pasaba hace diez años, que muchos de los cambios hoy son posibles porque algunos se animaron a ser pioneros en temas que no eran el eje central de la investigación académica. Aprendí que la opinión dominante tiende a omitir lo que le resulta incómodo. Y que, como ocurrió en el pasado, los cambios positivos de mañana seguramente provengan de los que creen en los derechos de la ciudadanía más allá de los ejes de poder, que siempre intentarán dar su versión de las leyes de la rotación terrestre. Epur si muove.

Publicada en La tecla eñe Año X – XI Número 50 – Diciembre de 2011 – Enero 2012