La vida de consumo no se anda con vueltas. Si algo no se le puede achacar a estas alturas es que su comunicación sea subliminal. Antes bien, los comerciantes no se andan con disimulos a la hora de legitimar la lógica implacable del mercachifle. En televisión y en cine los consumidores líquidos han visto a fines de 2008 un comercial de un shopping donde en un paisaje bucólico una niña presencia impasible una catarata de objetos contundentes arrojada en lo que se suponía era la laguna dorada. Y como en la vida líquida de Bauman, la lógica del consumo todo lo iguala: lo mismo da una guitarra que un par de zapatos que se ahogan en las aguas, ante la mirada impasible de una consumidora acostumbrada a que las cosas se liquiden (o se licuen).

La muchacha no sólo no se inquieta un segundo a pesar de que pianos, heladeras, o motonetas sean escupidas desde el más allá. Pareciera que para ella (y para los publicitarios) es natural que el viandante sea amenazado por “La (in)seguridad de los objetos“. Peor aún, como bien analizan en Nación Apache, publicitarios y mercaderes no parecen incomodarse en vender sus chucherías con violencias tan tristemente transitadas en el pasado reciente de la Argentina como los vuelos de la muerte.  Al contrario, asumen el eslogan del ciudadano de la vida líquida, “Pensar qué, no dónde”. Porque parece que para los señores Unicenter el objetivo está por encima de las circunstancias.