El del padre Grassi es un caso que nació en los medios, que primero crearon el personaje y luego empujaron su acusación. Y ahí sigue dirimiéndose. Sin embargo, justicia y medios no siempre son compatibles, porque sus universos responden a reglas diferentes. Para la justicia, sólo es verdad lo que puede ser probado. En los medios alcanza con que los hechos resulten verosímiles. En la justicia, el falso testimonio puede tener castigo. Para los medios, los dichos improbables contribuyen a la confusión general. La justicia es lenta; los medios van en vivo y en directo.
La sociedad no pudo presenciar el juicio, aunque asistió a la defensa de cada parte haciendo zapping. Pocos juicios tuvieron tanto micrófono disponible para argumentos tan encontrados, que tan poco mellaron las certezas de los partidarios de una y otra posición. La sentencia judicial, antes que zanjar, vino a avivar la controversia. Ni siquiera la condena por un delito que suele tener el rechazo unánime de la sociedad, moderó las posiciones de los defensores ni evitó que el condenado siga exhibiendo en cámara razones que desestimó la justicia.
Pero suponer que para condenar o exculpar a alguien alcanza con lo que se expone en la televisión implica asignarle a los medios una potestad que los excede. La opinión pública no es la resultante de la suma y resta de pros y contras, ni el exceso de argumentos emotivos aporta claridad a la discusión pública. Antes bien, la sobreinformación confunde y abona la desconfianza en la justicia, cuyas decisiones la ciudadanía sigue sin entender. Pero también propicia el escepticismo en los medios que no ayudan a saber. Ahora que Grassi está condenado, no sea cosa que justicia y medios queden en el banquillo.
Publicado en Noticias, edición 13 de junio de 2009

