Publicado en Perfil, Sección Ideas, 21 de junio de 2008

El conflicto desatado por el aumento de las retenciones fue definido como la pugna de dos modelos de país. A lo largo de cien días los ciudadanos-espectadores presenciamos también el contraste de dos modelos de comunicación construidos a fuerza de actos, sudor y máquina de informar, pero de diferente naturaleza. La comunicación política de siempre, acostumbrada a la pose controlada, suelen tener poca capacidad de reacción en escenarios turbulentos. Los asesores de este modelo o bien son cultores del marketing político (“la imagen es todo”), o son partidarios de la comunicación hiperideologizada (“el mensaje es todo”), y creen que para controlar una y otro es necesario derrochar ingentes esfuerzos y millonarios presupuestos. A la campaña organizada se opuso la caótica protesta televisada, cuyos actores competían con la única pericia de quienes tienen incorporado el código mediático. Quienes tienen más horas de TV son los que conocen mejor la semiótica de los medios y saben, sin recurrir a ningún media coaching, que la lealtad de la cámara es para con el espectáculo humano.
El principio de la comunicación oficial sostiene que para llegar al pueblo en forma directa hay que pagar avisos publicitarios, que permiten elegir cómo y cuándo aparecer (es decir, todo el tiempo, gracias a un presupuesto ilimitado). Pero como la repetición satura la recepción y el eslogan aburre el entendimiento, se impone el zapping, sobre todo cuándo varios canales compiten al unísono por detener el control remoto. La coincidencia de gente con hambre de expresarse y cámaras desesperadas por justificar el ostracismo rural del movilero porteño, produjo escenas pintorescas, conmovedoras, que identificaron al espectador interior y atraparon al citadino. La atención ciudadana, bien escasísimo ya antes del “desabastecimiento”, fue disputada entre una campaña en sin fin y viñetas coloristas. Algo así como que les hablaron con la cacerola y les contestaron con avisos.
Los espacios informativos también confrontaron la retórica entrenada con la anarquía de las rutas. Los voceros oficiales aliteraron discursos grandilocentes a lo largo de los días. Del otro lado, el gesto campero, descarnado, recreó ese show de TV realidad que tanto gusta a los espectadores contemporáneos. Dos relatos convivieron los cien días: la cámara sorpresa, colada en el piquete, frente a la imagen fija del atril ministerial. Con la desventaja de que mientras las declaraciones oficiales tenían agenda programada, la protesta estaba disponible las 24 horas. Las primeras descargaban la densidad de los hechos en diatribas del tipo “¿Por qué no se informa antes de preguntar?” o apoyaban la oratoria en aplausos invitados al efecto. Los voceros del campo agradecían cuanto podían tanta atención mediática, escuchándose en las madrugadas de la radio “Felicitamos a su periodista que pese al frío sigue en la ruta”. La supuesta afinidad de la prensa a una de las posiciones quizás haya sido una cuestión de urbanidad.
La caída de los índices de imagen y la suba de los de audiencia pone en duda la efectividad de la comunicación artificiosa y desmiente el mito de que la gente sólo quiere entretenimiento. Sorpresivamente los cien días reanimaron el rating alicaído de noticieros, demostrando que la política económica tiene más espectadores que el crimen del country. Programas periodísticos y flashes informativos superaron sus marcas habituales gracias a ciudadanos de pronto interesados en la discusión pública. El feriado del 16, el almuerzo de Mirtha, sin figuritas del espectáculo, fue el más visto en cinco años, y el Bailando… perdió audiencia en las noticias de la protesta ciudadana, que a las 20 horas habían juntado casi 40 puntos de rating en tres noticieros.La cadena nacional sumó un promedio de 30 puntos entre todos los canales de Capital Federal. Las ventas de diarios fue el único rubro que no melló la crisis. ¿No era que no interesaba la información?
Algunos acusaron un tratamiento periodístico diferencial para unos y otros, apoyado en mezquinas razones ideológicas. Curiosamente aquellos que más denuncian que los medios son un negocio, omiten en sus análisis las razones prácticas que los mueven. Para los medios la dictadura de la audiencia es más imperiosa que los acuerdos políticos y económicos. Muy cerca está la lección del 2002, donde la crisis se comió la credibilidad del periodismo y las ventas de los diarios, como para olvidar que la única lealtad es con la causa del espectador satisfecho.