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	<title>a los medios &#187; Me gusta ser mujer</title>
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		<title>Violencia y medios</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Nov 2011 02:23:41 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Medio-política]]></category>

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		<description><![CDATA[Esta no es una columna sobre violencia ni sobre mujeres. Apenas si intenta hacer una reflexión sobre el escenario donde exhiben algunos de los peores actos que una perpetra sobre las otras. De los medios, que de eso se trata, se ha dicho mucho y, sin embargo, seguimos sin saber algo que evite el próximo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta no es una columna sobre violencia ni sobre  mujeres. Apenas si intenta hacer una reflexión sobre el escenario donde  exhiben algunos de los peores actos que una perpetra sobre las otras. De  los medios, que de eso se trata, se ha dicho mucho y, sin embargo,  seguimos sin saber algo que evite el próximo golpe. Ríos de tinta sobre  los ríos de sangre que no mueven las convicciones ni de los  especialistas ni de los criminales.<span id="more-1424"></span></p>
<p>Primero el imperialismo cultural, después la denigración de la  figura femenina, hoy la violencia intrínseca que atraviesa clases y  ámbitos sociales, la cuestión es que cuando se habla de los medios se  confunde la consecuencia social con uno de sus síntomas. El mundo es  violento, dicen, los medios son violentos, ¿entonces? ¡Los medios  reflejan la realidad!, se justifican unos ante los que piden un poco de  moderación de lo que se muestra. ¡Pero no!, dicen otros. ¡Los medios no  reflejan la realidad! La realidad no es tan insegura como cuentan los  diarios, protestan aquéllos. Es cierto, no la reflejan pero porque la  realidad es peor de lo que se ve en la tele, dicen los sorprendidos por  crímenes sociales que aun no habían pensado ningún guionista. Es cierto,  no la reflejan, decimos, porque nosotras, las mujeres cotidianas, las  minorías, las postergadas, las sufrientes, las nuevas feminidades, no  estamos en los medios. Podríamos seguir discutiendo sin ponernos de  acuerdo, básicamente porque medios y realidad son dos cosas diferentes.</p>
<p>El hecho de que los medios atraviesen la vida contemporánea ha  llevado a postular que los medios son la vida. Pero casi nunca lo que se  ve en los medios coincide con lo que pasa en la nuestra. Pero la vida  social viene tan brava últimamente que necesitamos buscar culpas. ¿Yo,  señor? ¡No, señor! Pues, ¿entonces, quién la tiene? ¡La gran  conspiración! ¿Cuál de ellas? ¡La mediática! ¿Cuál otra? Lo curioso de  esta condena es que suele venir de gente que no estudia los medios, o  que se siente por fuera de ellos al punto de que supone que los medios  generan atrocidades a los otros. Manipulan esas masas desprevenidas que  nunca los contienen, porque ellos, los críticos, los que no ven  televisión, los que leen solo lo que hay que leer, son inmunes a esos  medios que consumen indolentemente gentes peores de ellos. La solución  que se dio hasta ahora es intervenir en los medios.</p>
<p>Las investigaciones en comunicación vigentes señalan lo contrario,  que hay que mejorar las condiciones sociales de las sociedades en las  que se insertan esos medios. Son más poderosos en situaciones de  debilidad vincular, pobreza cultural, amenaza social, inestabilidad  económica.</p>
<p>Se atenúan sus efectos cuando estas cuestiones se revierten. Los  efectos de los medios no están determinados por un poder mediático  intrínseco. Lo que ocurre es que es más fácil acusar qué le hacen los  medios a la sociedad, que preguntarse, como aconseja Zygmunt Bauman, qué  tipo de sociedad es la que produce esos medios. Es fácil concluir que  esa construcción de la imagen femenina que hacen los medios no se nos  parece en nada. Es difícil asumir que se parece también a los peores  prejuicios que la sociedad tiene de nosotras. Frívola gastadora,  obsesiva de su cuerpo, abnegada en la cocina, o cualquiera de las  imágenes de esas que circulan por las tandas. Si nos tratan de tontas,  dijimos, desarticulemos los mensajes para despertar las conciencias  dormidas. Sin embargo, años de trabajos y denuncias sobre el sexismo en  los medios no han generado los cambios profundos que se esperaban.  Militancia de organizaciones y campañas de concientización no han  propiciado mejoras contundentes en la violencia doméstica. ¿Por qué?  Porque los estudios de la comunicación demostraron la falacia de uno de  los mitos heredados de la Ilustración, ese que decía que la verdad nos  haría libres. Mucho menos nos vendrán a liberar los medios.</p>
<p>Así lo sostiene George Lakoff, lingüista cognitivo que hizo estudios  experimentales sobre las reacciones de la sociedad norteamericana  frente a temas como el aborto y el matrimonio igualitario. Concluye que  no importa cuánto se diga en los medios, ni importa siquiera que a veces  les asista la razón y la ley, cuando lo que dicen va en contra de los  marcos conceptuales que predominan en una sociedad, se ignoran los  hechos y se ratifican los preconceptos. De ahí su ineficacia para  cambiar actitudes o educar en nuevos valores. En nuestras sociedades,  por ejemplo, el marco conceptual del hombre poderoso y la mujer débil  sigue implícito en casi todos los mensajes que nos involucran. Aun en  esos bien intencionados, que hablan de víctimas inocentes, que tienen  implícito el marco conceptual de que hay víctimas no inocentes, que  merecen su muerte, su violación, sus golpes. Así de horrendo es como  para reconocerlo.</p>
<p>La causa primera de los mensajes circulantes no son los medios, sino  un sistema (político, social, cultural, económico, religioso) en el ue  se apoyan las creencias que marcan roles femeninos y masculinos.</p>
<p>Las investigaciones sistemáticas sobre efectos de los medios (que no  son los estudios de los mensajes, que nada dicen acerca de qué generan  en las audiencias) confirman que están claramente condicionados por  factores sociales. No hay evidencias de sociedades educadas a través de  los medios, y sí de que las sociedades educadas son indiferentes a los  medios (que eligen para instruirse instituciones más sólidas y  confiables que la televisión).</p>
<p>Esto no significa desconocer el importante papel que juegan los  medios en la circulación del “sentido común”. Pero como insiste el  reputado sociólogo Manuel Castells, los medios no son un poder: son el  espacio donde se juega el poder de otros actores que estuvieron  encantados de que todos estos años nos la agarráramos con los mensajeros  mientras ellos seguían haciendo lo suyo. Podríamos seguir haciendo  investigaciones, congresos, discusiones públicas, para demostrar que los  roles de la mujer en los medios son subordinación, decoración,  abnegación. Pero verdaderamente novedoso sería explicar por qué el  sentido común sigue aceptando que aparezcan esas imágenes sin inmutarse.  Nunca, en la breve historia que los medios tienen en la humanidad, se  vio que los cambios sociales vinieran de ellos, y sí que tardan bastante  en incorporarlos. Creer que se combaten los crímenes de género porque  el actor que acaba de hacer de marido maltratador pasa el teléfono del  centro de ayuda a la violencia familiar podría ser ingenuo si no fuera  un tanto peligroso.</p>
<p>Publicada en el Suplemento Las 12, 28 de noviembre de 2011, en http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-6893-2011-11-25.html</p>
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		<title>La vida al taco</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Mar 2011 19:13:36 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Hipercrítica]]></category>
		<category><![CDATA[Me gusta ser mujer]]></category>
		<category><![CDATA[Mujeres]]></category>

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		<description><![CDATA[Una publicidad de desodorante muestra una conductora televisiva obligada a sacar registro para subirse a unos zapatitos colorados, altísimos, agujísimos. La mujer sortea sin traspirar y sin soplar pruebas tales como evitar dejar el taco entre las tablas de una pasarela, tocarle la pierna a un caballero sin desgraciarlo, bailar en una disco. O sea, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.alosmedios.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/Rexona-Tacones.jpg"><img class="size-thumbnail wp-image-1202 alignleft" title="Rexona Tacones" src="http://www.alosmedios.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/Rexona-Tacones-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>Una <a href="http://www.youtube.com/watch?v=hcwR6c_Fw4w" target="_blank">publicidad de desodorante</a> muestra una conductora televisiva obligada a sacar registro para  subirse a unos zapatitos colorados, altísimos, agujísimos. La mujer  sortea sin traspirar y sin soplar pruebas tales como evitar dejar el  taco entre las tablas de una pasarela, tocarle la pierna a un caballero  sin desgraciarlo, bailar en una disco. O sea, nada complejo y nada  relacionado con el día a día cualquier mujer. Ya sabemos: no hay vida  arriba de los cinco centímetros de altura. <span id="more-1197"></span>Lo comprobé dramáticamente el  día en que, antes de perder definitivamente la ola <em>hippie chic </em>del  verano 2011, decidí subirme a unas plataformas de madera. Dejo  constancia en mi declaración ante el juez que se trataba de unas  discretas suelas que apenas llegaban a la mitad de esos doce  centímetros, promedio, sobre las que andan montadas algunas criaturas,  apenas compensadas por una plataforma de una pulgada. Si los míos fueron  lo suficientemente saboteadores como para complicarme el día, no quiero  imaginar lo que debe ser pararse en esas alturas cargando cincuenta  kilos, en el mejor de los casos, sobre dos palitos del grosor de una  lapicera. Pero alcanzaron para entender por qué los hombres casi siempre  llegan primero a los lugares donde hay que llegar. ¡Caminás más rápido  cuando no tenés que pensar todo el tiempo en el peligro de un esguince  inminente!</p>
<p>De mi experiencia directa de patear la ciudad sobre  unas plataformas de madera es que propongo que el señor Sarkany, si  quiere ofrecer un registro de portación de taco alto verdaderamente útil  para la sociedad, debería incluir otras pruebas. Pruebas que tengan que  ver con mujeres reales y no con las que solo van de la sala de  maquillaje al estudio televisivo. Y de paso, tratar él también de  sortearlas: en tanto proveedor de productos con impacto social no puede  menos que probar en carne propia lo que vende. Algunas pruebas que  demostrarían si los zapatos y sus usuarias están aptas para la vida  social serían:</p>
<p>-Bajar la escalera del subte E,  estación Pellegrini, a las 8.50 hs. de cualquier día hábil en el momento  en que están subiendo los pasajeros que intentan hacer combinación con  las otras líneas.</p>
<p>-Empujar un chango cuyas ruedas  tengan más autodeterminación que joven egipcio con tuiter. Hacer la cola  para pagar la compra y llevarla a casa.</p>
<p>-Subir y  bajar del subte sin agujerear ningún empeine, ni perder los zapatitos en  la montonera. Pueden elegirse varias locaciones de riesgo:</p>
<p>1.Subte D. Estación Tribunales. Para que la prueba sirva tiene que ser después de las 17 hs.</p>
<p>2.Subte  C: Estación 9 de julio o Constitución. En este último caso, si va con  los zapatitos del aviso, recomendamos hacerlo con algún elemento para  defensa personal y con el registro de antecedentes penales, en original  (en la Comisaría 18 no admiten fotocopias para demostrar la inocencia).</p>
<p>3.Subte  A: Cualquier estación y cualquier hora, pero en los vagones viejos, los  de madera, tratando en lo posible de no dañar el material rodante.</p>
<p>-Caminar  cuadras buscando monedas para subir al 60 que va a Escobar (más de $ 7  pesos ida y vuelta). O esperar en la parada, sin bajarse de las alturas,  hasta que llegue una unidad con lector de tarjeta SUBE en  funcionamiento.</p>
<p>-Subir al 60, ramal Escobar. O al 96, La ideal de San Justo. O similar.</p>
<p>-Bajarse  del 60 o similar, en cualquier parada después de la frontera  capitalina, y llegar a algún destino. El primero que se muestre  receptivo.</p>
<p>Hace unos años, en un artículo maravilloso (“El  pensamiento lumbar”), Eco relataba sus peripecias un día en que se le  ocurrió ponerse un pantalón que correspondía a una época en la que  estaba más delgado. La presión permanente de las costuras en sus partes  comprometidas le impidió, contaba don Umberto, concentrarse  adecuadamente en sus tareas y menos todavía en sus pensamientos. De ahí  que reflexionaba acerca de la restricción que había significado para la  vida pública e intelectual de la mujer estar siempre apretada en corsés,  reducida por minifaldas, desbordada de escotes, apunada en tacos altos.  Y la verdad es que los zapatitos colorados del aviso son muy bonitos,  pero nada trascendente se esperaría de su portadora. O sea, que además  del trabajo de llevar ese calzado y de poder pensar en simultáneo, la  sociedad te impone la tarea adicional de demostrar que sos algo más que  una mina de las que creen que se puede pasar el día a más de diez  centímetros del piso.  Aunque deben ser muchas, si hay publicitarios que  piensan que son suficientes como para venderles desodorantes.</p>
<p>Publicada en<a href="http://hipercritico.com/content/view/3358/40/" target="_blank"> hipercritico.com</a></p>
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		<title>El país de las vacas</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Mar 2011 20:50:39 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[En la escala zoológica de vaca a mujer, no sé en que instancia estoy (y no me interesa averiguarlo). Pero sí estoy segura de que estoy en la etapa en que no destinaría un peso a quienes no saben invitar mi compra sin insultarme. Aunque bien mirado, al precio que está el lomo, por ahí [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.alosmedios.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/Depilight-2010-evoluciona-corto.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-1185" title="Depilight 2010 evoluciona corto" src="http://www.alosmedios.com.ar/wp-content/uploads/2011/03/Depilight-2010-evoluciona-corto-300x245.jpg" alt="" width="300" height="245" /></a>En la escala zoológica de vaca a mujer, no sé en que instancia estoy (y no me interesa averiguarlo). Pero sí estoy segura de que estoy en la etapa en que no destinaría un peso a quienes no saben invitar mi compra sin insultarme. Aunque bien mirado, al precio que está el lomo, por ahí suponían que estaban piropeando.</p>
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		<title>Sentido común para mujeres argentinas</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Nov 2010 22:23:33 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[En la escuela, desde los más tiernos grados, se aprende a domesticar al que no respeta los cánones sociales. El gordito, el morocho, la hija de la inmigración, la que no resultó agraciada según el modelo “Casi ángeles”, el que en su timidez parece un papanata a sus avispaditos compañeros. Por ser lo que son [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.alosmedios.com.ar/wp-content/uploads/2010/11/mujeres-argentinas1.jpg"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-1074" title="mujeres argentinas" src="http://www.alosmedios.com.ar/wp-content/uploads/2010/11/mujeres-argentinas1-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>En la escuela, desde  los más tiernos grados, se aprende a domesticar al que no respeta los  cánones sociales. El gordito, el morocho, la hija de la inmigración, la  que no resultó agraciada según el modelo “Casi ángeles”, el que en su  timidez parece un papanata a sus avispaditos compañeros. Por ser lo que  son se los hace el centro de las burlas, más o menos crueles, pero  siempre toleradas por el entorno. <span id="more-1072"></span>Las maestras raramente puedan percibir  y contrarrestar el silencioso padecer del que no encaja en los moldes  establecidos. Con suerte intervienen cuando se agarran a las trompadas,  pero ahí la víctima corre el riesgo de sumar una amonestación a las  cargadas, así que suele prescindir de toda reacción. Así va aprendiendo  que tiene que adaptarse al sentido común. ¿O acaso, argentinos y  argentinas, no es el “más común” de los sentidos?</p>
<p>De grandes pasa lo mismo con los que osan salirse un  poquito de la virtuosa guía que impone la moralidad social. Por eso  nuestros dirigentes comunitarios, sindicales, parlamentarios,  deportivos, son todas personalidades ejemplares. Porque cuando la  ciudadanía elige, lo hace siguiendo inclaudicables ideales republicanos.  Nadie puede negar que nuestros representantes sean hombres y mujeres  probos, sin pasiones terrenales que los desvíen de los altos ideales de  la patria, ésos que dirigen nuestro voto, siempre movido por el espíritu  del progreso que hizo grande a nuestra Nación. Por eso no admitimos a  aquellos forajidos que en ejercicio de sus respetadas funciones van y  negocian para asegurarse la silla o una pequeña tajada. Menos los que  priorizan su interés personal por sobre el social. De ninguna manera,  ciudadanos y ciudadanas, todos sabemos que esa gente no tiene espacio en  esta Argentina. Menos aún, aquellos que por alguna improbable razón  pierden sus cabales. ¡Ah, no! ¡Indignante! ¿Cómo tolerar pasiones tan  alejadas al sentir de la sociedad argentina, siempre medida, educada,  virtuosa como pocas en el mundo, que repudia el ventajismo en cualquiera  de sus formas? ¡Por favor!, no estamos acostumbrados a semejantes  conductas.</p>
<p>Y mucho, pero mucho menos, si se trata  de una mujer. A una dama no se le puede saltar la cadena así como así, a  la vista de todos. Por más que la insulten, la basureen, le hagan saber  que está donde está porque seguramente no lo merece. No, no, no.  ¡Guardemos las formas! Una mujer insultada, acosada, apremiada, debe  mirar al suelo, recibir las bofetadas que la vida le depare y poner la  mejilla para la próxima. Nos, los habitantes de este suelo, respetamos,  ante todo, a la madre sufrida, a la novia de blanco en el altar, a la  mujer que infaustamente ha perdido su sostén. Ahí sí que les damos toda  la confianza en las encuestas, les aceptamos los insultos cualesquiera  sean, felicitamos al hombre que la desposa (y también, de paso, lo  hacemos subir en las encuestas). Nada nos gusta más que comprar revistas  que ponen en las tapas a mujeres que se casan o que aseguran que van a  tener muchos hijos. Porque multiplicarse es el más loable derecho  reproductivo. Los contrarios, no son derechos.</p>
<p>Y  eso que somos una sociedad progresista, que permite a muchas mujeres  acceder a cargos públicos, especialmente cuando tienen el aval de su  consorte, al que se le deben en la casa y en la carrera. Incluso si  intentan disimular los deberes conyugales prescindiendo del apellido   casada. La familia es lo primero. Las mujeres sin hombre, convengamos,  son un tema. Excepto, claro, que sea por viudez. Ahí, hasta un asesor de  campañas lo sabe: es un estado “imbatible” en política. Porque la  sociedad sabe que en esos casos, debe apoyar y dar toda la “¡Fuerza!”  que necesitan (y llenar la ciudad de carteles con esa consigna, si hace  falta). El luto dulcifica el carácter y atempera el vestuario. Porque la  mujer nació para sufrir, como nos muestran las de la tele,  constantemente acosadas con síndromes premenstruales, tránsito lento y  platos sucios.</p>
<p>De lo contrario, ya se sabe. Las  mujeres con carácter son yeguas; las que dicen lo que piensan son locas;  las que defienden sus convicciones, seguro que alguien las maneja; las  que se defienden, son un bochorno; las que debaten, cotorrean; las que  están de mal humor, están <em>malco</em>… o con problemas de hormonas.  Por suerte, desde la primaria aprendimos a poner en caja a esas locas,  temerarias, inestables, histéricas, escandalosas. Merecen que las  juzguemos, las ridiculicemos, las señalemos con la ética que improvisa  la situación. Si quieren ser mujeres públicas, que sepan cómo  comportarse. Y si no, que se queden en su casa, esperando a que llegue  Georgina con la canastita de Activia.</p>
<p>Publicada en <a href="http://hipercritico.com/content/view/3107/40/" target="_blank">Hipercrítico</a></p>
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		<title>Pedagogía al pelo</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Nov 2010 12:11:05 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Hay una anécdota que suele dejar a mis alumnas con los ojos así de grandes: ésa que cuenta que cuando yo era chica no se usaba crema de enjuague. Ellas son de la generación de la crema para peinar, del tratamiento nocturno sin enjuague, del spray post planchita, y de cuanto producto se requiera para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.alosmedios.com.ar/wp-content/uploads/2010/11/Sedal_2010-Memorizers.jpg"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-1057" title="Sedal_2010 Memorizers" src="http://www.alosmedios.com.ar/wp-content/uploads/2010/11/Sedal_2010-Memorizers-150x150.jpg" alt="Sedal_2010 Memorizers" width="150" height="150" /></a>Hay una anécdota que  suele dejar a mis alumnas con los ojos así de grandes: ésa que cuenta  que cuando yo era chica no se usaba crema de enjuague. Ellas son de la  generación de la crema para peinar, del tratamiento nocturno sin  enjuague, del spray post planchita, y de cuanto producto se requiera  para convertir el lavado del cabello en una ceremonia más compleja que  la postulación al premio Nobel. <span id="more-1056"></span>Es inconcebible para estas jóvenes  universitarias que el lavado del pelo no tenga por lo menos tres pasos  ni cueste una fortuna.</p>
<p align="justify">Hay que reconocerle a la industria del champú y  derivados el mérito de haber convencido ya a varias generaciones de lo  imprescindible de sus carísimos servicios. Lo de ellos sí que es  creatividad aplicada a vender el mismo detergente con distinta etiqueta y  color. Es casi un milagro que cada temporada renueven la fe en la  religión capilar, llevada al extremo del fanatismo irracional de creer  que un químico aplicado a una excrecencia del cuerpo puede  transformarnos en algo distinto de lo que somos.</p>
<p align="justify">La  movida más fuerte empezó hace años, cuando se aplicaron ingredientes  culinarios al detergente para transformarlo en algo más categorizado.  Huevo, crema, miel, limón (componente del Cadum, que hizo famosa a  Susana allá por los setenta). Como para que no extrañáramos la cocina  cuando estábamos en el baño. Después los componentes naturales se  hicieron exóticos: palta, jojoba, jalea real. La idea siempre es  convencernos de que estábamos haciendo algo más trascendente que  lavarnos el pelo.</p>
<p align="justify">Después vino el hedonismo de  los noventa, y el pelo se emancipó y comenzó a exigir productos a su  medida. Parece que a fin de siglo descubrieron que el pelo con rulos  tiene una fisiología incompatible con el champú para pelo lacio, tanto  como el rubio no admite el jabón de los morochos. Así de discriminador  es el cabello. En su especificidad llegó a haber una variedad para  “capas destacadas”. Así como se lee. O qué te pensás: el peinado no te  admite cualquier espuma.<br />
Tanto capricho concedido a una generación de  cabellos que ahora hay que “disciplinarlos”. Como párvulos rebeldes  necesitan correctivos: que los alisen, que los sellen, que los mantengan  a flote (¿no viste el aviso?, el pelo castigado ¡se ahoga en la  pecera!). ¡Hay que  “keratinizarlo”! Y para que no olvide fácilmente  nuestros esfuerzos, ahora hay una variedad para la memoria. Ojo, el  “Memorize” no es las para neuronas. Una pena. Pero es al pelo al que se  le exige ni olvido ni perdón.</p>
<p align="justify">Tan unificada tienen  los publicitarios a la figura femenina que no sabés si se trata de  publicidad de productos para el cuidado del pelo o de las mascotas:  crecimiento fortificado, nutrición, disciplinamiento. Mientras para los  hombres, champú y desodorante es un medio para el triunfo (con solo  rociarse se levantan minas), para la mujer es una responsabilidad  social. Se trate de alimentar la familia o nutrir el pelo. Y así como  tenemos el yogur para la osteoporosis, ahora también viene un champú con  calcio. Dicen que para estimular el crecimiento. Pero no me animaría a  probarlo. No por lo menos hasta tener garantías de que la espuma  distinga la cabeza del resto del cuerpo. No quisiera salir de la ducha  cubierta de pilosidad extendida. ¿O será por eso que inventaron el  desodorante que disminuye el vello?</p>
<p align="justify">Así fue que  han convertido al cabello en una criatura con vida propia, al que tenés  que nutrir, disciplinar, cuidar de noche, y compensar por los daños  infligidos. Como, por ejemplo, el “daño térmico”, según explica una  chica que dice que le sale humito de la cabeza, aunque no precisamente  por la profundidad de su reflexión intelectual. Porque, por alguna razón  que desconozco, aun mujeres inteligentes en su profesión, en las  publicidades de champú hablan como tontas. Igual yo trato de aplicar sus  consejos. Ahora que los jóvenes están en lucha y movilización por  cualquier cosa, no quisiera enfrentar una insurrección capilar por  faltar a mis deberes pedagógicos con mi cabellera. No sea cosa que tenga  que salir así, con estas mechas.</p>
<p align="justify">Publicado en Hipercrítico.</p>
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